El rastro del pintor flamenco (II)

•enero 27, 2011 • Dejar un comentario

A Samuel la respuesta le dejó pensativo, y a mi también. Tal vez el habernos enviado ese trozo del marco era una pista de por donde debíamos buscar o a quién. Pero sin el cuadro o sin una nueva pista que diera sentido a lo que ya teníamos estábamos aparentemente en un callejón sin salida. Orhan debió leerme la mente, porque enseguida añadió.

– Tal vez yo tenga algo que os ayude. – cuando se hizo con nuestra atención, continuó – Como sabéis muchos cuadros ocultan otros debajo, a veces porque el pintor reutiliza un lienzo, a veces porque años después algún rival quiere ocultar todo rastro del anterior gobernante, a veces por motivos más ocultos. En cualquier caso, en este cuadro había una extraña inscripción bajo la figura del sultán.

Nos hizo gesto de seguirle mientras se quitaba la bata y la dejaba colgada junto a su mesa de trabajo. Le seguimos hasta el ascensor y nos llevó hasta su despacho dos plantas más arriba. Entramos y nos hizo tomar asiento mientras rebuscaba en uno de los muchos archivadores de la habitación. La verdad es que me pareció asombroso que pudiera encontrar nada entre aquellos montones de carpetas y papeles repartidos sin ningún orden aparente. Pensé que si Ruth trabajase con él seguramente todo aquello tendría mejor aspecto, con lo estricta que era con el orden.

– Aquí está!! – mientras sacaba unas láminas del archivador – Siempre hacemos fotos de los cuadros durante el proceso de restauración, y cuando encontramos algo bajo la pintura visible también hacemos fotos de ultravioleta antes de empezar. Estas son las del cuadro del sultán.

– P-pero… – no daba crédito a lo que estaba viendo y cuando miré a Samuel me dí cuenta que él estaba igual de asombrado.

– Vaya! – Orhan se había dado cuenta por nuestras caras que sabíamos más de lo que habíamos dicho – Entonces estaba en lo cierto, tengo algo que os ayuda! Victoria, ¿te importaría decirme que es?

– Pues la verdad es que es el último sitio donde esperaba encontrarme esta imagen, pero está claro que hay muchos cabos sueltos que nos faltan por unir – me aclaré la voz mientras, de reojo, Samuel me dio el visto bueno para decírselo –. Esto, aunque no lo parezca a primera vista, es el espejo de “El matrimonio Arnolfini”.

Me quedé en silencio, muy seria, contemplando la imagen oculta del espejo bajo el cuerpo del sultán. Samuel escrutaba la fotografía igual de serio que yo. Y Orhan se había quedado de piedra ante mi “descubrimiento”. De pronto reaccionó y fijó su mirada sobre las fotos igual que nosotros.

– ¡No puede ser, Victoria! – levantó la vista y me miraba fijamente – No te negaré que la forma es la misma, y de hecho nos lo habíamos planteado. Pero los motivos que tiene dibujados no son los del vía crucis como en los Arnolfini, y no es ningún símbolo conocido en esa época.

– ¿En esa época? – le interrumpió Samuel.

– Sí, hace tiempo que teníamos el cuadro en restauración y al principio no supimos identificar muy bien que eran esos motivos pintados en las aspas del espejo. Hasta que uno de mis colaboradores tuvo una intuición, y al comparar con jeroglíficos mayas, vimos que correspondían con símbolos de sus dioses. Pero esos símbolos no se encontraron hasta varias décadas después de haber pintado este cuadro, y además, ¿qué sentido tendría cambiar el vía crucis del espejo original por esto?

– Seguramente tienes razón, y no lo hubiera identificado si no fuera porque la chica que “supuestamente” tiene este cuadro, también va detrás del espejo, y que es posible que también haya tenido en su poder. Pero es cierto que lo de los dioses mayas se me escapa, aunque quizá es eso lo que lo hace tan valioso – miré con toda la intención a Samuel buscando una respuesta, ya me había demostrado antes que no me lo estaba contando todo –, ¿tú que opinas?

– Te puedo asegurar que es la primera vez que veo el espejo con estos símbolos – esta vez no parecía mentir, su cara de asombro parecía real y el no poder dejar de mirar fijamente la imagen de las fotografías le delataba –, pero también te puedo asegurar que si en realidad ese maldito espejo es un objeto precolombino en lugar de un vulgar espejo medieval tendrá muchísimo valor arqueológico.

– No, no y no!! – Orhan nos interrumpió agitando la cabeza como si todo aquello no tuviera ningún sentido –, es imposible que Van Eyck pudiese haber tenido acceso a ningún objeto precolombino cuando pintó este cuadro por que lo hizo varios años antes de que Colón llegase a América, y por tanto de que Europa tuviera conocimiento de la existencia del continente.

– ¿Podría ser una copia posterior? – le pregunté

– Comprobamos la edad de la pintura, y con un margen de error de 2 ó 3 años, coincide con la fecha supuesta del cuadro, así que aún siendo una copia sería anterior al descubrimiento.

– Pero el hecho es claro, los símbolos son dioses mayas.

– Sí – no le quedaba más remedio que reconocerlo aunque no tuviera ningún sentido –, de hecho son los señores del inframundo, una especie de demonios, al menos los 7 que hemos podido identificar.

– ¿Y los otros 3? – Samuel parecía estar realmente interesado, puede que de verdad no supiera nada de esto

– Pues creemos que también, pero no coincide con ninguno de los que actualmente conocemos, ¡cómo para conocerlos hace 500 años!

– Bueno, todo esto está muy bien – como no, yo siempre una persona práctica – pero no nos ayuda a saber por donde seguir buscando

– Todo lo contrario, Victoria – a Samuel se le dibujó una media sonrisa y se le veía un brillito en los ojos mientras lo decía sin dejar de mirar fijamente las fotografías –. Si mi hermana sabe esto, y si ha tenido el cuadro es porque algo sabía, yo si sé donde puede haber ido.

 

¡Vive la Republique!

•enero 11, 2011 • Dejar un comentario

Recuerdo aún aquella llamada de Sara estando en el despacho de Jacques, me sorprendió tanto que casi no supe que decirle. Además, ella hablaba muy rápido. Estaba muy alterada, no recordaba que se hubiera puesto tan nerviosa nunca. Y sin embargo no me extrañaba, la situación se complicaba a cada paso y cada vez más me daba la sensación que todo aquello tal vez fuese demasiado grande para nosotros. Pero para bien o para mal, estábamos implicados y teníamos que intentar salir lo mejor posible.

Me dio indicaciones precisas para que me reuniera con ella. A pesar  de su voz nerviosa, parecía tener muy claro lo que había que hacer. Incluso contaba con que Enol estuviese conmigo, seguramente formaba parte de su plan desde el principio cuando me mandó ir al convento a por el libro. Ahora tenía claro que ese libro sólo había servido como excusa.

– Un momento, Sara – necesitaba apuntarlo – Jacques, déjame algo para escribir.

Anoté algunos datos que me dió mi hermana. Seguía su voz tan rápido como podía, así que eran más garabatos que letras. Pero esperaba poder recordarlo durante unos minutos para aclararlo después. Unas cuantas direcciones y horarios que nos servirían de referencia a los dos para poder reunirnos con ella. Tan pronto como terminó de darme esos datos, colgó sin mucho más que un breve “adiós”. Me quedé tan perplejo como Jacques y Enol que me miraban esperando una explicación, pero durante unos segundos simplemente miraba el teléfono como pensando si realmente acababa de hablar con Sara.

– Jacques, – por fin reaccioné y volví en mi – enséñame ese túnel subterráneo

Me miró con cara de entender de repente. Se giró para abrir uno de los cajones de su mesa y de él sacó unas llaves y unos papeles. Enol le miraba y me miraba a mí, sin terminar de comprender muy bien de que iba todo aquello.

– Bueno, – acertó al final a decir – ¿no me dirás que te ha dicho?

– No es el momento, Enol – le dije tranquilamente – más tarde hablaremos, habrá tiempo.

– Venid conmigo – Jacques se había puesto en pie y nos esperaba.

Nos levantamos y le seguimos hasta unas escaleras al fondo de la galería. Aquello era realmente enorme, yo pensaba que la conocía, pero era evidente que había salas nuevas restauradas a partir de antiguos sótanos. Empezamos a bajar y llegamos hasta lo que parecía un taller de restauración. Mesas de trabajo ocupadas por cientos de papeles algunas y por cuadros en plena reconstrucción en otras, estanterías llenas de botes con líquidos de todas clases y todo tipo de utensilios y herramientas diversas. El olor de la sala era desagradable, entre acre y pestilente, aunque seguramente imperceptible para los que allí trabajasen. Esta sala no se había restaurado, mantenía las paredes de piedra vieja en las que abundaban las marcas de humedad y musgo entre las juntas. Jacques había encendido la luz al entrar, pero a pesar de los potentes fluorescentes aquella sala era inquietante. No me imagino trabajar encerrado ahí abajo, debía gustarles mucho su trabajo a quienes bajasen voluntariamente hasta allí.

Cruzamos la sala entera, y mientras lo hacíamos pude ver la cara de Enol. Parecía que le gustaba tan poco como a mí. Hubo un momento que nos miramos y, sin decir ni palabra, los dos nos entendimos. Al final, llegamos al fondo de la sala.

– Ayudadme a mover esto – se había apoyado contra una gran caja de madera que reposaba contra la pared.

Enol y yo nos colocamos enseguida a su lado y empujamos. La caja pesaba muchísimo, pero entre los tres la movimos con un gran estruendo que era imposible que nadie oyese desde el exterior. Tras la caja había una vieja puerta metálica, de apariencia sólida a pesar del óxido que acumulaba. Con las llaves que había traído de su mesa, y un fuerte empujón para que terminara de ceder, la abrió.

– Es de la segunda guerra mundial, lo usaba la resistencia francesa para esconder a los fugitivos – hizo una pausa mientras los tres mirábamos a su interior -. No sé exactamente donde acaba, nunca lo he recorrido hasta el final, hoy será la primera vez – esto último lo dijo con una sonrisa de niño malo que está a punto de cometer una travesura

– No hace falta que vengas con nosotros – ya nos había ayudado mucho y no quería que se metiera en problemas

– ¿De verdad crees que hay algo que puedas decir para que no vaya? – pues la verdad es que sabía que no, yo en su lugar haría lo mismo – Chaval, acércame una linterna que debería haber en ese armario – a  Enol no le gustó nada que se refiriese a él de ese modo, pero la situación no estaba para ponerse fino así que se dirigió al armario que le había señalado y en uno de sus estantes encontró una linterna

– Parece que funciona – la encendió y apagó un par de veces de vuelta hacia nosotros.

– Perfecto – Jacques cogió enseguida la linterna y nos hizo pasar -, allais, allais!! que cierro!!

La puerta chirrió casi más que al abrirse, tal vez el hecho de estar allí metidos sin saber si íbamos a poder salir hizo que me pareciese peor. Con el portazo y el ruido de la llave, la oscuridad fue total hasta que Jacques enfocó al pasillo y se puso delante nuestro a caminar decididamente.

Metros y metros de pasillo, de algún que otro giro, de caminar sobre algo que espero que fuese agua, de un ambiente húmedo y frío, hasta que llegamos a un cruce donde se terminaba nuestro túnel y podíamos ver tres caminos a seguir, igualmente oscuros y nauseabundos, eso sí,  un poco más amplios que por el que veníamos. Enol y yo nos miramos, extrañados. Aquello no era lo que esperaba, suponía que era un túnel directo.

– Y ahora, ¿qué? – cogí a Jacques del brazo para que me hiciera caso, nos había metido allí sin saber donde iba aquello

– Tranquilo – se soltó de un tirón – , suponía que podía pasar algo así – mi cara fue de sorpresa, ¿no había dicho que no lo había recorrido antes? -. Este túnel parece que se cruza con las alcantarillas de París, o al menos con las antiguas alcantarillas que ya no se usan, por suerte tengo estos planos – esos eran los papeles que había recogido junto a la llave en su despacho

Tras un buen rato de revisar los planos cuidadosamente para ver donde coño estábamos metidos, conseguimos dar con nuestra posición. Había una salida a un túnel del nuevo sistema unos metros a la izquierda, sólo teníamos que llegar hasta allí y salir por la tapa más cercana. Quince minutos después vimos que no sería tan fácil como pensábamos: habían tapiado la salida con el nuevo túnel. Pero por suerte hoy en día no hacen las cosas con la misma calidad que hace quinientos años, y había una grieta bastante grande en la pared. Unas cuantas patadas fuertes y conseguimos resquebrajar lo suficiente como para pasar por ella, eso sí, un poco a presión y cayendo de bruces sobre el suelo de aquel sitio asqueroso. Dos calles más y una tapa era todo lo que nos separaba de la luz del sol de París.

– ¿Dónde estamos? – Jacques se protegía los ojos de la luz del sol, muy molesta después de la oscuridad del túnel, mientras miraba alrededor por si reconocía algo. – Ah! Vive la Republique! – dijo señalando un cartel en una esquina: “Avenue de la Republique”

Brujas, 1421 (IV)

•septiembre 19, 2010 • Dejar un comentario

-Dios mio… ¿qué ha pasado?- dije balbuceante

-Nos hemos desmayado, creo… aunque en realidad solo han pasado unos instantes, mi haya no ha entrado, yo me he despertado la primera, ¿estáis bien?- dijo la joven mirándome con ojos asustados.

-Yo sí, y tu??- le pregunté preocupado, ella asintió con la cabeza, y miró expresiva a mi maestro.- ¡maestro! – grité, estaba como ausente, sentado sobre las piernas, con la mirada perdida y absorto en dios sabe qué pensamientos.

-Giovanni, las puertas del averno se han abierto ante mi, he mirado en lo mas profundo de sus entrañas y el mismísimo diablo me ha rozado con sus manos.- La niña y yo nos miramos el uno al otro incrédulos,- el conoce el interior de las almas atormentadas… pero he sido fuerte y no he sucumbido a sus engaños… – y de pronto comenzó a reir a carcajadas. La niña y yo nos separamos instintivamente de él, como temerosos de que de pronto se volviese agresivo, pero el lugar de eso, fue parando poco a poco su risa, para terminar mirándonos de una forma extraña que poco a poco se convirtió en tristeza, calladamente una lágrima se deslizó por su mejilla, cerró los ojos y se recostó sobre el suelo con idea de dormir.

-¿Maestro?, ¿quiere dormir?

-Dejadme, debo descansar, mañana os contaré mas.- con un movimiento de mano, nos hizo salir, antes de ello tomé una de las mantas de la sala y lo cubrí para que no se enfriase en el suelo.

Al salir fuera de la estancia el haya de la niña nos miraba perpleja, qué pensaría tras escuchar carcajadas de aquel calibre, pensaría que estábamos locos.

– Mi señora, estáis bien? – Preguntó a la niña. Los ojos de la criada se posaron sobre mi como una losa.

– Perfectamente Julianna, espero que seas discreta con lo que aquí haya sucedido, ten por seguro que nada malo me ha sucedido.

– Si mi señora – Julianna inclinó la cabeza en señal de aceptación.

– Giovanni, acompáñame junto a mis padres.- Salimos de casa de mi maestro, con la compañía del haya unos metros mas atrás de nuestro paso por las calles de Brujas.- No tengo muy claro que ha pasado ahí dentro. ¿Tu maestro estará bien?

– No lo se Giovanna, Hemos hecho este ritual en otra ocasión, y pese a que yo pierdo la consciencia, parece que a mi maestro le afecta mucho mas profundamente lo que quiera que suceda, puesto que yo no recuerdo nada de lo que pasa durante el trance. ¿Tú que has sentido?

– Me sentí mareada, y relajada, como si flotase en una nube, tranquilidad absoluta y sosiego… pero tu maestro hablaba del averno… Me da mucho miedo, nos podrían considerar herejes!- Y dijo esto con una mirada de verdadero pavor.

– Las imágenes que has visto en el espejo, el via crucis que está representado en cada uno de los círculos, en realidad no estaban ahí.

– ¿Que?- Ahora sí que sus ojos demostraban todo su temor.

– Le pedí al maestro Van Eyck que tapase los anteriores motivos por unos cristianos.

– Pero podrían acusarte de hereje solo por eso, ¿qué imágenes están cubriendo?

– Símbolos paganos, de otras culturas lejanas, representan a dioses o a elementos, no lo se… hay demasiados misterios en torno a ese objeto, y cada vez temo más no saber qué poder oculto puede llegar a tener, siento haberte incluido en esto.- Nuestros pasos ya nos habían llevado a las puertas de mi casa, donde esperaban los padres de la joven y mi tío.

– No te preocupes, si algún día has de ser mi esposo, has compartido tu secreto la persona indicada. Nunca saldrá de mis labios nada de lo que hoy a acontecido.

Los padres de Giovanna esperaban en la entrada de la casa hablando animosamente con mi tío. Parecía que yo les había causado buena impresión al final de todo, o bien mi tío había conseguido convencerles de que habían elegido bien.

Nos despedimos sin demasiada efusividad, pasarían mas de 10 años antes de que volviese a ver la cara de aquella joven, pero ni un solo día en que no la recordase por todo lo que había pasado aquella tarde.

El vecino reformista

•agosto 13, 2010 • Dejar un comentario

Estábamos pasando la tarde contando chistes en la sala de mi casa, cuando de repente y a medio chiste, me suena el móvil. Lo apago, es mi tía, no puede ser nada urgente. Sigo escuchando el chiste que va contando una de mis amigas. Al momento el teléfono fijo suena, voy corriendo, veo el número. Mi madre tampoco puede querer nada urgente, paso del teléfono que rápidamente deja de sonar.

Pero oigo un ruido de gente en la calle, me acerco al balcón y veo muchísima gente arremolinada en corrillos en la calle mirando hacia mi edificio, no entiendo que pasa. Veo también a mi hermano que acaba de llegar, aún casco en mano, también mirando hacia el edificio, pero nada más unos instantes hasta que su cara cambia y va rápidamente a la entrada. En ese instante oigo un ruido en la habitación de al lado, voy a mirar y veo que tanto la suite como la pequeña habitación contigua que hace las veces de trastero, tienen por todas las paredes grietas que se abren verticalmente desde la parte superior. No entiendo que está pasando cuando entra mi hermano, y nada más pasar a la sala junto al recibidor el falso techo de éste cae de golpe con una tremenda polvareda que nos deja momentaneamente cegados.

Entre el polvo y las toses, mi hermano acierta a decirme que ha visto desde fuera como el piso encima del nuestro estaba empezando a colapsar, y que casi seguro tiene que ver con las obras del vecino por encima suyo. No es posible, no me termino de creer que una simple reforma para cambiar el suelo de la casa de dos pisos encima del mio esté provocando todo esto.

Subimos rápidamente los dos con ganas de armarle la bronca a ese vecino al que ya hace tiempo que le teníamos ganas. Nos empujamos por la escalera para tratar de llegar el primero. Hasta que llegamos a su rellano y nos topamos con un perro enorme atado con una cadena gruesa. Parece tranquilo y sin intención de atacar, así que pasamos cuidadosamente cerca de la barandilla donde seguramente no llega. Al llegar a la puerta, golpeamos insistentemente hasta que nos abre el operario que está haciendo la reforma.

También ha subido detrás nuestro el vecino del tercero (el del piso que se colapsa), un tipo bajito pero con muy mala leche. Entre los tres, tratamos de amilanar a ese tío que no sabemos como pero está consiguiendo hundirnos nuestros pisos. Pero él, lejos de amedrentarse, se defiende diciendo que en todo caso no es el culpable de nada, que sólo está siguiendo los planos del doctor (el dueño del piso) al pie de la letra.

Hemos entrado en el piso durante la discusión. ¿Qué están haciendo aquí? Escaleras de madera, balconadas de madera, gente paseando por la parte que está terminada, bancos de piedra redondos con centros llenos de plantas decorativas… parece algo así como un centro comercial.

Aparece el doctor por una de las nuevas balconadas interiores, y tranquilamente pregunta que tal va la obra a su operario con el que ya nos hemos calmado y hablamos tranquilamente. Nosotros en ese momento retomamos nuestra anterior ira y la redirigimos hacia el verdadero autor de todos nuestros males.

…lamentablemente, aquí me desperté!!

El rastro del pintor flamenco (I)

•julio 31, 2010 • 1 comentario

Estábamos seguros que los que habían registrado la habitación de Sara, los mismos que habían entrado en mi despacho, estarían esperando en la puerta del hotel por si veían a alguien que les pudiera volver a poner sobre la pista que parecía que habían perdido. Aparentemente, nosotros íbamos un paso por delante, o al menos eso creía yo.

Decidimos salir del hotel por separado para ponerles un poco más complicado el seguirnos, y reunirnos directamente en el museo. Los dos conocíamos la ciudad de otras veces y no sería fácil perderles por las concurridas calles del centro, si es que nos seguían. Salí primero yo y unos minutos después Samuel, tal como habíamos quedado. No me quedaba más remedio que fiarme de mi cliente, aunque era evidente que se guardaba algunas cosas.

A las pocas calles de haber salido, ya me di cuenta que me seguían. Es muy fácil ver a los europeos entre la población local, y más cuando no van de turistas despistados. Pero en cuanto me mezclé con la multitud que abarrota siempre las céntricas calles de la ciudad, le perdí de vista. Estuve esperando un par de minutos en una esquina desde la que veía una de las amplias plazas por las que tenía que cruzar hasta que le volví a ver totalmente perdido, mirando para todas partes. Evidentemente me había perdido de vista, lo que aproveché para salir corriendo por las callejuelas cercanas al museo. En cuanto llegué, entré rápidamente en el interior a esperar a Samuel. Para mi sorpresa, él ya había llegado y estaba sentado tranquilamente en uno de los bancos de piedra de la entrada.

– Estaba a punto de salir a buscarte – el tono condescendiente que usó no me gustó nada
– Vete a la porra!! Además, llegamos tarde a la cita con Orhan

Conocía muy bien el museo, había estado ya otras veces. Por eso me sorprendió que, a pesar de que los vigilantes me saludaron cordialmente, nos pidieran la identificación y nos cachearan a los dos. Me dijeron que habían aumentado el protocolo de seguridad últimamente debido a algunos problemillas que habían tenido.

Después de cruzar por varias salas repletas de cuadros y todo tipo de obras de arte empaquetados y amontonados, llegamos a una sala muy amplia con muchísima luz natural en la que había unas cinco o seis personas trabajando en la restauración de otros tantos cuadros, además de los que tenían repartidos por toda la sala y que parecía que estaban aguardando su turno.

– Victoria, por fin!! – se acercó rápidamente hasta nosotros, llevaba una bata blanca llena de pintura – ya pensaba que no venías
– Perdona, Orhan, pero hemos tenido que hacer un “recorrido turístico” por tu bonita ciudad
– Siempre metida en investigaciones peligrosas, a ver cuando vienes por aquí un día sólo para tomarnos un café
– Ya me gustaría, pero no vives precisamente debajo de mi despacho – a lo que los dos soltamos una risita
– Y además, veo que vienes muy bien acompañada, ¿es poli o debo estar celoso?
– Ni lo uno ni lo otro!! – vi como Samuel se sorprendió mucho con la pregunta, yo que ya conocía a mi amigo, lo tomé como la broma que era – Es el cliente, que se ha empeñado en proteger su inversión personalmente.
– Vamos, que no se fía de ti – y dirigiéndose a Samuel, añadió – Hace bien amigo, de las mujeres es mejor desconfiar siempre un poco – terminó con una risilla cómplice a la que Samuel correspondió
– Espero que no sea el caso, me llamo Samuel Cerneya
– Yo soy el Dr.Karagüllen, pero puede llamarme Orhan – y se quedó pensativo un instante para añadir – Me suena mucho su nombre
– No tenemos mucho tiempo – tuve que interrumpir, si se ponían a hablar de cuadros no terminaríamos nunca – dime lo que puedas de esto – dije mientras sacaba el trozo de madera de mi mochila.

Sus ojos se abrieron como platos en cuanto lo vio, y noté como se ponía muy nervioso. Cogió rápidamente el cacho de madera y lo guardó bajo su bata. Me agarró por el brazo y le hizo gesto a Samuel para que fuésemos a la otra sala, en la que no había nadie. Ninguno de los dos dijimos nada, al menos yo no tenía ni idea de lo que estaba pasando en ese momento.

– ¿De dónde lo has sacado? – preguntó en un tono de voz bajo, como si no quisiera que nadie nos oyera, mientras volvía a sacar el fragmento de marco.
– Pues se lo envió a mi cliente la persona que buscamos, pensé que tal vez tú me pudieras dar alguna información del pintor o del cuadro.
– ¿ Alguna información? – se le veía cada vez más nervioso – ¡Toda!
– No te entiendo – y por la mirada de Samuel, él tampoco
– Es de un cuadro que estaba restaurando el museo, uno de los pocos retratos musulmanes hechos por pintores europeos, tiene un gran valor histórico.
– ¡Fantástico! Entonces lo tenéis aquí, – dije emocionada – ¿podemos verlo?
– ¡Estaba! ¡Literalmente! Desapareció hace unas semanas – y tras un instante de silencio, añadió – Seguramente la persona que os ha enviado esto tiene el cuadro
– Oye, pintamonas!! – me sorprendió mucho la reacción de Samuel – mi hermana no es ninguna ladrona
– Bueno, no he dicho que lo haya robado, sólo que lo tiene o tiene acceso a él, ¡tranquilícese!

A Samuel la respuesta le dejó pensativo, y a mi también. Tal vez el habernos enviado ese trozo del marco era una pista de por donde debíamos buscar o a quién. Pero sin el cuadro o sin una nueva pista que diera sentido a lo que ya teníamos estábamos aparentemente en un callejón sin salida. Orhan debió leerme la mente, porque enseguida añadió.

– Tal vez yo tenga algo que os ayude. – cuando se hizo con nuestra atención, continuó – Como sabéis muchos cuadros ocultan otros debajo, a veces porque el pintor reutiliza un lienzo, a veces porque años después algún rival quiere ocultar todo rastro del anterior gobernante, a veces por motivos más ocultos. En cualquier caso, en este cuadro había una extraña inscripción bajo la figura del sultán.

El temporal arrecia

•abril 16, 2010 • Dejar un comentario

Tras demasiado tiempo en dique seco, debido sobre todo al fuerte temporal de los últimos meses que nos ha afectado a cada uno en diferentes frentes y que nos ha impedido gobernar esta nave con pulso firme, hemos retomado el timón con la intención de continuar nuestro viaje.

Una mirada retrospectiva a la ruta ya trazada ha dejado claro que se hacía necesario rehacer parte del camino, el puerto al que habíamos llegado se parecía mucho pero no es donde debería estar amarrada nuestra nave. Las autoridades portuarias nos están obligando a hacer algo de papeleo, y la burocracia siempre lleva mucho trabajo y discurre a su propio ritmo. Pero no hay mal que por bien no venga, todo ese papeleo adicional nos ha permitido ver que esto es un viaje real, y no una simple excursión. Siendo así,al salir hacia el nuevo puerto dejamos en este amarre un bonito recuerdo para todo aquel que pase por aquí.

[ El espejo Arnolfini – vol. 1 ]

Todos los caminos llevan a París (1)

•abril 9, 2010 • Dejar un comentario

Dejó el periódico sobre el banco y se levantó. Dio un giro completo observando a su alrededor pero siguió sin encontrar lo que buscaba. En realidad no lo sabía, o más bien, no lo recordaba. Se rascó la cabeza con gesto extrañado y se volvió a sentar. Recuperó su bolígrafo y siguió con lo que estaba haciendo.

“¿Habrá funcionado?” Me preguntaba mientras llegaba a la pantalla de información y me tropezaba con aquel hombre de pelo oscuro al que acababa de llamar a gritos por un nombre que no era el suyo.

– Disculpe -le dije con una voz casi ahogada por la emoción que me embargaba.

Observé los horarios de los vuelos mientras recobraba el aliento y contenía las ganas de agarrar por el cuello de la chaqueta al chaval y gritarle a la cara quien era.

– ¿Usted también lleva retraso? -me preguntó el caballero, haciéndome volver a la realidad dejando a un lado mis delirios.
– Si, si, eso parece – le contesté lo más amablemente que pude. “Dimas, tranquilízate” me repetía a mi mismo.
– Es que con esto de los aviones no se puede uno fiar –continuó diciendo-. Nos organizamos y creemos que las cosas van a salir como esperamos y de repente, sin más, todos los planes se giran.
– Sí, que le vamos a hacer. Son cosas que pasan. –le contesté, preguntándome porqué me estaría contando a mí sus reflexiones personales.

Siguió hablándome sobre un vuelo a no sé donde que en una ocasión se le canceló a última hora y las peripecias que tuvo que hacer para conseguir llegar a tiempo. Desconecté de su conversación a los pocos segundos, iba asintiendo cada poco para que pareciera que seguía lo que me decía.

Necesitaba seguir con la farsa de conocer a aquel tipo un rato más y no levantar sospechas. Desde donde estaba tenía una perfecta visión del chico y su acompañante a través de los cristales. Samuel ya había vuelto de fumar su habitual puro y hablaba con Alejo muy pegado a él.

– ¿No le parece? –me preguntó el caballero.
– Pues no sé que decirle hombre –contesté totalmente despistado.

Los altavoces de megafonía se pusieron en marcha y el que estaba justo encima de nosotros lo hizo con un pitido insoportable. No pude más que taparme los oídos con las manos y cerrar los ojos, como si ese gesto fuera a hacer que el dolor resultara menos intenso. En breve el sonido cesó y una voz de mujer algo entrecortada informó sobre el próximo vuelo.

En cuanto me hube repuesto de esa inesperada interrupción el alma se me cayó a los pies al no ver a la pareja sentada en las butacas.

– ¿No le parece? –volvió a repetirme aquel hombre que empezaba a resultarme algo pesado.
– Disculpe, tengo que marcharme ya –le respondí cortante.

Me giré con la mayor naturalidad que fui capaz, esperando que la visión de los cristales me hubiera jugado una mala pasada y que en realidad ellos anduvieran por allí cerca. Se me cortó la respiración al comprobar que no era así.

¿Dónde se habían metido? No podían estar muy lejos. Apresuradamente me coloqué donde habían estado sentados unos segundos antes y observé el lugar. A aquellas horas la terminal estaba a rebosar de pasajeros y supe, al instante, que me resultaría casi imposible encontrarlos. Pero aún así tenía que intentarlo. Debía dar con ellos costara lo que costara. Revisé la apestosa sala de fumadores, busqué en los aseos, paseé por las tienda, me metí en el Duty Free, miré en los restaurantes… pero nada.

Pasados casi veinte minutos de infructuosa búsqueda la realidad cayó sobre mí. Samuel debía haberme reconocido y a la mínima oportunidad se habían escapado. Para mi disgusto tuve que admitir que lo había subestimado.

De nuevo el megáfono se puso en marcha. Esta vez era para avisar de que el vuelo a Amsterdam estaba listo para embarcar.

Los pasajeros se fueron acercando al mostrador. Neciamente mantenía la esperanza de que Samuel y mi chaval aparecieran girando la esquina y subieran conmigo. Pero la cola de embarque iba menguando y ellos seguían sin aparecer. La llamada de último minuto me hizo comprender que, definitivamente, los había perdido.

El miedo se apoderó de mi. Dudaba entre subir al avión o abortar la misión. Pero lo que era evidente era que debía informar a la orden de lo sucedido.

Sin más dilación cogí el teléfono y marqué el número.

– Los he perdido –confesé, haciendo un gran esfuerzo. No estaba acostumbrado a las derrotas.

El silencio se hizo al otro lado de la línea. El sudor me caía por la frente. Miles de terribles respuestas posibles acudían a mi mente. Y la comunicación se cortó.

Me senté confundido a la espera de que el teléfono sonara con el veredicto. Mire las vacías butacas de mi lado y recogí un diario que había allí tirado. Debía mantener la calma así que en un intento por distraerme lo ojeé. Estaba abierto y doblado por la página de pasatiempos. La emoción volvió a embargarme de nuevo al reconocer la letra y el nombre que allí habían garabateado. Alejo.

El móvil seguía sin sonar pero yo ya había tomado una decisión.

SMS: Cojo el vuelo a Amsterdam.

Mandé un mensaje a la orden y lo apagué. Mostré mi tarjeta de embarque junto a mi pasaporte justo a tiempo para subir al avión. Estaba seguro que de Samuel y Alejo intentarían llegar a París por otros medios, pero yo llegaría antes que ellos.

Ya sobrevolando Madrid en dirección Amsterdam, repasé los últimos incidentes sucedidos en el aeropuerto. Algo así no me podía volver a pasar. Maldije al hombre charlatán, al megáfono atrofiado y renegué de mí mismo por mi estupidez y por esa “gran sensibilidad” en los oídos. Si eso me había sido de gran utilidad en diversas ocasiones, en esta me había fallado.

Cogí de nuevo el periódico que había encontrado y lo abrí por la página donde Alejo había estado haciendo garabatos y escribiendo, sin saberlo, su verdadero nombre. A pesar de lo humillante que me resultaba la situación sentía una gran satisfacción. Estaba seguro de que mi intervención al final surtiría efecto, mi fallo quedaría enmendado y finalmente sería recompensado.

Alejo había resuelto todos los pasatiempos. No me sorprendió ver que el rompecabezas de ajedrez estaba perfectamente solucionado. Recordé una de las mejores partidas que había jugado con él.

– Esta vez te voy a ganar -me dijo un adolescente Alejo, desafiándome con su mirada pilla.

Cuando entró en la orden no era más que un chiquillo pero demostraba ser ingenioso y calculador, cosa que conquistó de inmediato a los supremos. Siempre le permitieron todo tipo de caprichos en cuanto a juegos de lógica se refería y a él le fascinaban. Me aliviaba comprobar que eso no lo había perdido junto con sus recuerdos.

– ¿Ah sí? -le respondió un Dimas también más joven e inexperto que el de ahora.
– Si, ya he descubierto tu punto débil -dijo con una amplia sonrisa de autosuficiencia.
– Comprobémoslo, pues -dije algo indignado. ¿Como iba ese mocoso a ganar al gran Dimas?

Fue la partida más larga que había jugado en años. Me las vi y me las desee para mantenerlo a raya. Al final la cosa quedó en tablas. Lo que a mí me pareció un buen resultado a él no le gustó. Poco después apareció con un tablero de ocho por ocho casillas, donde todas eran del mismo color. Nos dedicamos a jugar al “Chutanga”, un juego originario de la India, que se considera el predecesor del ajedrez. Alejo decía que primero tenía que controlar este juego para poder dominar luego el ajedrez.

“Uno se organiza y cree que las cosas van a salir como espera y de repente, sin más, todos los planes se giran.” Recordé las palabras que me había dicho aquel pesado desconocido frente al panel de información de vuelos y tuve que darle la razón. Luego me quedé dormido.

 
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