Todos los caminos llevan a París (1)
Dejó el periódico sobre el banco y se levantó. Dio un giro completo observando a su alrededor pero siguió sin encontrar lo que buscaba. En realidad no lo sabía, o más bien, no lo recordaba. Se rascó la cabeza con gesto extrañado y se volvió a sentar. Recuperó su bolígrafo y siguió con lo que estaba haciendo.
“¿Habrá funcionado?” Me preguntaba mientras llegaba a la pantalla de información y me tropezaba con aquel hombre de pelo oscuro al que acababa de llamar a gritos por un nombre que no era el suyo.
- Disculpe -le dije con una voz casi ahogada por la emoción que me embargaba.
Observé los horarios de los vuelos mientras recobraba el aliento y contenía las ganas de agarrar por el cuello de la chaqueta al chaval y gritarle a la cara quien era.
- ¿Usted también lleva retraso? -me preguntó el caballero, haciéndome volver a la realidad dejando a un lado mis delirios.
- Si, si, eso parece – le contesté lo más amablemente que pude. “Dimas, tranquilízate” me repetía a mi mismo.
- Es que con esto de los aviones no se puede uno fiar –continuó diciendo-. Nos organizamos y creemos que las cosas van a salir como esperamos y de repente, sin más, todos los planes se giran.
- Sí, que le vamos a hacer. Son cosas que pasan. –le contesté, preguntándome porqué me estaría contando a mí sus reflexiones personales.
Siguió hablándome sobre un vuelo a no sé donde que en una ocasión se le canceló a última hora y las peripecias que tuvo que hacer para conseguir llegar a tiempo. Desconecté de su conversación a los pocos segundos, iba asintiendo cada poco para que pareciera que seguía lo que me decía.
Necesitaba seguir con la farsa de conocer a aquel tipo un rato más y no levantar sospechas. Desde donde estaba tenía una perfecta visión del chico y su acompañante a través de los cristales. Samuel ya había vuelto de fumar su habitual puro y hablaba con Alejo muy pegado a él.
- ¿No le parece? –me preguntó el caballero.
- Pues no sé que decirle hombre –contesté totalmente despistado.
Los altavoces de megafonía se pusieron en marcha y el que estaba justo encima de nosotros lo hizo con un pitido insoportable. No pude más que taparme los oídos con las manos y cerrar los ojos, como si ese gesto fuera a hacer que el dolor resultara menos intenso. En breve el sonido cesó y una voz de mujer algo entrecortada informó sobre el próximo vuelo.
En cuanto me hube repuesto de esa inesperada interrupción el alma se me cayó a los pies al no ver a la pareja sentada en las butacas.
- ¿No le parece? –volvió a repetirme aquel hombre que empezaba a resultarme algo pesado.
- Disculpe, tengo que marcharme ya –le respondí cortante.
Me giré con la mayor naturalidad que fui capaz, esperando que la visión de los cristales me hubiera jugado una mala pasada y que en realidad ellos anduvieran por allí cerca. Se me cortó la respiración al comprobar que no era así.
¿Dónde se habían metido? No podían estar muy lejos. Apresuradamente me coloqué donde habían estado sentados unos segundos antes y observé el lugar. A aquellas horas la terminal estaba a rebosar de pasajeros y supe, al instante, que me resultaría casi imposible encontrarlos. Pero aún así tenía que intentarlo. Debía dar con ellos costara lo que costara. Revisé la apestosa sala de fumadores, busqué en los aseos, paseé por las tienda, me metí en el Duty Free, miré en los restaurantes… pero nada.
Pasados casi veinte minutos de infructuosa búsqueda la realidad cayó sobre mí. Samuel debía haberme reconocido y a la mínima oportunidad se habían escapado. Para mi disgusto tuve que admitir que lo había subestimado.
De nuevo el megáfono se puso en marcha. Esta vez era para avisar de que el vuelo a Amsterdam estaba listo para embarcar.
Los pasajeros se fueron acercando al mostrador. Neciamente mantenía la esperanza de que Samuel y mi chaval aparecieran girando la esquina y subieran conmigo. Pero la cola de embarque iba menguando y ellos seguían sin aparecer. La llamada de último minuto me hizo comprender que, definitivamente, los había perdido.
El miedo se apoderó de mi. Dudaba entre subir al avión o abortar la misión. Pero lo que era evidente era que debía informar a la orden de lo sucedido.
Sin más dilación cogí el teléfono y marqué el número.
- Los he perdido –confesé, haciendo un gran esfuerzo. No estaba acostumbrado a las derrotas.
El silencio se hizo al otro lado de la línea. El sudor me caía por la frente. Miles de terribles respuestas posibles acudían a mi mente. Y la comunicación se cortó.
Me senté confundido a la espera de que el teléfono sonara con el veredicto. Mire las vacías butacas de mi lado y recogí un diario que había allí tirado. Debía mantener la calma así que en un intento por distraerme lo ojeé. Estaba abierto y doblado por la página de pasatiempos. La emoción volvió a embargarme de nuevo al reconocer la letra y el nombre que allí habían garabateado. Alejo.
El móvil seguía sin sonar pero yo ya había tomado una decisión.
SMS: Cojo el vuelo a Amsterdam.
Mandé un mensaje a la orden y lo apagué. Mostré mi tarjeta de embarque junto a mi pasaporte justo a tiempo para subir al avión. Estaba seguro que de Samuel y Alejo intentarían llegar a París por otros medios, pero yo llegaría antes que ellos.
Ya sobrevolando Madrid en dirección Amsterdam, repasé los últimos incidentes sucedidos en el aeropuerto. Algo así no me podía volver a pasar. Maldije al hombre charlatán, al megáfono atrofiado y renegué de mí mismo por mi estupidez y por esa “gran sensibilidad” en los oídos. Si eso me había sido de gran utilidad en diversas ocasiones, en esta me había fallado.
Cogí de nuevo el periódico que había encontrado y lo abrí por la página donde Alejo había estado haciendo garabatos y escribiendo, sin saberlo, su verdadero nombre. A pesar de lo humillante que me resultaba la situación sentía una gran satisfacción. Estaba seguro de que mi intervención al final surtiría efecto, mi fallo quedaría enmendado y finalmente sería recompensado.
Alejo había resuelto todos los pasatiempos. No me sorprendió ver que el rompecabezas de ajedrez estaba perfectamente solucionado. Recordé una de las mejores partidas que había jugado con él.
- Esta vez te voy a ganar -me dijo un adolescente Alejo, desafiándome con su mirada pilla.
Cuando entró en la orden no era más que un chiquillo pero demostraba ser ingenioso y calculador, cosa que conquistó de inmediato a los supremos. Siempre le permitieron todo tipo de caprichos en cuanto a juegos de lógica se refería y a él le fascinaban. Me aliviaba comprobar que eso no lo había perdido junto con sus recuerdos.
- ¿Ah sí? -le respondió un Dimas también más joven e inexperto que el de ahora.
- Si, ya he descubierto tu punto débil -dijo con una amplia sonrisa de autosuficiencia.
- Comprobémoslo, pues -dije algo indignado. ¿Como iba ese mocoso a ganar al gran Dimas?
Fue la partida más larga que había jugado en años. Me las vi y me las desee para mantenerlo a raya. Al final la cosa quedó en tablas. Lo que a mí me pareció un buen resultado a él no le gustó. Poco después apareció con un tablero de ocho por ocho casillas, donde todas eran del mismo color. Nos dedicamos a jugar al “Chutanga”, un juego originario de la India, que se considera el predecesor del ajedrez. Alejo decía que primero tenía que controlar este juego para poder dominar luego el ajedrez.
“Uno se organiza y cree que las cosas van a salir como espera y de repente, sin más, todos los planes se giran.” Recordé las palabras que me había dicho aquel pesado desconocido frente al panel de información de vuelos y tuve que darle la razón. Luego me quedé dormido.
