La búsqueda (VI)
… a Sara jamás le permití que le contase la verdad. Y por lo que podía comprobar había cumplido su palabra, Patricia me miraba con asombro por mi repentina aparición pero no cabía duda de que seguía enfada tras ese duro recibimiento.
- ¿Podemos ir ya a desayunar? -dijo ella cortando el hilo de mis pensamientos- ¡Me muero de hambre! Llevo toda la noche bailando y mi estómago ya me pide algo más que alcohol.
La miré de reojo mientras cambiaba de carril. Por lo visto la conversación sobre quienes fuimos había terminado, pero solo por el momento… Pasaba gusto de conducir con ella al lado pero tenía razón, empezaba a ser hora de comer algo. El largo trayecto y el tempestuoso reencuentro también me habían dejado agotado y famélico.
Ya estábamos llegando a mi casa y era totalmente imposible encontrar por aquí un lugar donde dejar el coche. Por suerte uno de mis vecinos estaba de viaje y su plaza quedaba vacía, podríamos aparcar allí hasta mañana.
Mientras bajamos la empinada cuesta del parkin los frenos chirriaron y Enol se despertó.
- ¿Ya hemos llegado? -preguntó desperezándose.
- Acabamos de llegar a mi casa. ¿Tienes hambre? – dije- En la esquina nos darán de comer. ¿Has dormido bien? -le pregunté con todo de guasa.
- Pues no -me contestó rascándose la cabeza mientras bostezaba-. He tenido unos sueños muy raros.
- Bueno, los asientos de atrás de un coche no son especialmente cómodos -le conteste-. Además, llevamos un día muy intenso, es normal que tengas pesadillas -dije, revolviéndole el pelo al chaval. Al final iba a caerme bien y todo.
Mientras caminábamos hacia el ascensor Patricia iba delante de nosotros. Observé su silueta esbelta y el ondulado movimiento de sus caderas. Cuando llegamos a la puerta se giró hacia nosotros. Yo continué mirando sus largas piernas, subí hasta sus pechos y me encontré con sus ojos.
- ¿Podéis daros prisa? – nos apremió cruzando los brazos.
Hay cosas que nunca cambian, pensé. Que bien me conocía, sabía que no podría resistirme a mirarla auń sabiendo que no podía tocarla. Era evidente que esa era su venganza particular y supongo que, en parte, me lo merecía.
Desayunamos como reyes. Mientras bebíamos zumo, café y engullíamos pastas recién hechas repasamos con calma los acontecimientos de los últimos días, hicimos suposiciones sobre el paradero de Sara y, al final, decidimos que lo mejor sería averiguar si había alguien más que pudiera darnos alguna información sobre sus últimas visitas a Barcelona.
- Entonces, ¿cuando empezamos la búsqueda? -preguntó Patricia.
- ¿Empezamos? – contesté sorprendido.
- Escucha Samuel, tu hermana es mi mejor amiga. Si has venido desde Madrid en coche y te has gastado la cara para venir a hablar conmigo es porque esto es importante. Y no puedes contarme todo esto y esperar que me desentienda -continuó antes de que yo pudiera decir nada más.
Me lo pensé unos instantes. Todo lo que estaba pasando me resultaba peligroso y con tener a una de mis mujeres metida en este lío era suficiente.
- Mira Pat, no te lo tomes a mal, pero prefiero que te mantengas al margen de todo esto. En cuanto sepa cosas de ella te avisaré, te lo prometo- soné algo desesperado.
- ¿Que pasa Samuel, ahora vas a preocuparte por mi?- dijo muy indignada- ¿Acaso crees que me quedaré de brazos cruzados? Ya te he dicho antes cuanto le debo a Sara y, si realmente está en problemas, haré todo lo que esté en mi mano para ayudarla.
No había contado con esta reacción por su parte. Sin haberme dado cuenta ya la había metido en el ajo. Patricia y mi hermana eran uña y carne, era de esperar que esto le tocara la fibra sensible y que quisiera implicarse.
- Está bien -cedí al fin. A cabezota no le ganaba nadie, igual que Sara.
Pagamos la cuenta y salimos a la calle. Ya amanecía y el cansancio empezaba a hacer mella en nosotros.
- Creo que deberíamos echar un vistazo a tu agenda marrón -dijo Patricia, que estaba decidida a participar-, tal vez allí tengas a alguien de confianza que hayamos pasado por alto.
En mi agenda marrón tenía anotados todos los contactos de los últimos años. Algunos de ellos facilitados por Sara.
- Enol y yo necesitamos descansar una horas y darnos una ducha. Pásate por casa a las diez y veremos que encontramos. ¿Sigues teniendo el mismo teléfono?- le pregunté- Lo digo por si necesitamos ponernos en contacto.
Dudó unos instantes pero luego sacó una targeta de su cartera y apuntó otro número detrás.
- A este teléfono siempre respondo -dijo mirándome a los ojos-. Cuando todo esto haya acabado lo tiras, no quiero estar localizable para ti.
La verdad es que a veces sabía ser muy dura.
- El mío sigue siendo el mismo de siempre – le dije mientras cogía su tarjeta sin hacerle ningún comentario.
Le dejé las llaves del coche de alquiler para que no tuviera que coger un taxi. El chico y yo subimos a mi piso, nos aseamos y nos tumbamos un rato. Le preparé la habitación de invitados que estaba pegada a la mía.
Aunque lo intenté no conseguía conciliar el sueño. La mezcla entre la ansiedad creada por los últimos acontecimientos y la excitación de tener de nuevo a Patricia tan cerca no me dejaba pegar ojo. Mi menté repasó algunos de los momentos intimos que tuvimos y una mezcla de sentimientos que creía enterrados volvieron a florecer. Tenía claro que remover el pasado nunca ha sido buena idea, y menos con mujeres como ella. Así que me puse la radio para distraer mi atención y al final caí en un ligero sueño.
- ¡No! ¡Ah! Grrr… Brrr…
Me despertaron unos gritos que provenían del cuarto contiguo. Solo conseguía distinguir lamentos y algunas palabras que para mí carecían de significado. Me incorporé rápidamente al recordar que Enol estaba durmiendo allí. Al llegar junto a su cama lo encontré empapado en sudor pegando patadas y manotazos al aire. Debía estar luchando duramente con alguien.
- Enol -le dije tocándole el brazo con cuidado, para no recibir ningún golpe.
Tuve que llamarlo varias veces hasta se despertó. Me miraba con los ojos muy abiertos y enrojecidos. Respiraba agitadamente y no me decía nada.
- Enol, ¿estás bien? -le pregunté algo impresionado mientras me miraba como si no me reconociera.
- ¿Que? -consiguió responder a duras penas.
- Enol, soy yo, Samuel.
-¿Quien? -preguntó mientras examinaba la estancia con movimientos nerviosos.
- Estás en mi casa, en Barcelona.
Tardó unos segundos más en reaccionar. Cerró los ojos de nuevo y se agarró con fuerza a las sábanas. Me estaba empezando a preocupar cuando al fin reaccionó.
- Samuel, creo que no me encuentro bien…
No pudo acabar la frase, se giró hacia un lado y vomitó el desayuno completo en el suelo. Sentí lástima por él. Imaginé que debía estar conmocionado por tantos cambios.
- ¿Que te ha pasado Enol? – le pregunté cuando parecía estar algo mejor.
- He vuelto a tener unos sueños muy extraños.
Le ayudé a levantarse para ir al baño. Se refrescó y luego necesitó tumbarse de nuevo en la cama.
- Estoy mareado Samuel -me dijo con mala cara. Me recordó a un chiquillo asustado, lejos de su casa.
- No te preocupes chaval -dije para tranquilizarlo-, descansa un rato más. Patricia está a punto de llegar y cuando hayamos terminado de revisar mi agenda te avisaré.
- Vale -contestó mientras se masajeaba las sienes.
- Enol, ¿Sara te habló alguna vez de alguien? Me refiero a alguna persona de por aquí que creas que pudieda ayudarnos -se me ocurrió que quizás sabía algo.
- Ahora mismo no lo sé. Lo pensaré -contestó con voz apagada justo cuando sonaba el timbre.
Solo nos faltaba que el chico se pusiera enfermo, pensé para mi mientras me dirigía hacia la puerta. Abrí y allí estaba ella, tan espectacular como siempre. Entró como si estuviera en su casa y se dirigió directa a mi despacho.
- He traído mi agenda también. ¿La tuya sigue en el tercer cajón? – preguntó mientras se acercaba a la mesa y antes de que pudiera contestar ya estaba sentada en mi sillón rebuscando entre mis cosas.
- Ahora está en el segundo- dije mientras sacaba la llave para abrir la aparatosa cerradura.
Cuando saqué el cuaderno me lo quitó de las manos. Tuve la sensación de que ella había tomado las riendas de la situación y debía admitir que me encantaba esa seguridad con que había decidido las cosas.
Nos íbamos fijando en todos los contactos de ambas agendas. Ella pasaba los nombres con el dedo mientras los leía con rapidez y se paraba solo si nos parecía que alguno podría darnos alguna pista, pero casi nadie coincidía con el tipo de persona que buscábamos. A Sara le gustaba hacer las cosas con mucha discreción, lo que hacía más difícil cualquier búsqueda relacionada con ella. Y el hecho de tener a mi exnovia tan cerca me obligaba a hacer verdaderos esfuerzos por concentrarme. Su exquisito olor me despistaba y estaba tentado a enredar mis dedos en sus perfectos rizos negros.
No podíamos extendernos demasiado en nuestra lista de posibles candidatos, ya que no queríamos levantar sospechas ni alarmar a nadie. Necesitamos casi dos horas para revisar todos los nombres, teléfonos y direcciones. Después de algunas discusiones, pues no conseguíamos ponernos del todo de acuerdo, concretamos que iríamos a ver a solo tres personas.
- ¡Buf! Estoy cansada. Esto ha sido más difícil de lo que esperaba -dijo mientras se estiraba haciendo crujir la butaca.
- Después de comer podemos empezar la ronda pero no sé si nos dará tiempo a verlos a los tres.
- En tal caso continuaría yo mañana y en cuanto supiera cosas te avisaría. Ah, y cuando vosotros lleguéis a París me llamas y me lo cuentas todo. Y luego me pasarás a Sara para que hable con ella, porque esto no nos lo puede volver a hacer -parecía bastante molesta con su amiga por desaparecer sin dejar rastro.
Asentí con la cabeza mientras reflexionaba sobre la intranquilidad que me creaba todo este desconocimiento y sus posibles consecuencias.
- Pat, si mañana sigues tú sola, ten cuidado -le dije, pues seguía sin gustarme la idea de involucrarla-. En realidad no sabemos de qué va todo esto.
- No necesito que me digas como tengo que hacer las cosas. Se cuidarme sola- respondió algo tajante.
- Ya lo sé, solo digo… bueno, déjalo -no tenía ganas de discutir más. Llevábamos desde las diez algo tensos y la dificultad de la situación empeoraba las cosas.
- Si, mejor que lo dejes. Tú no tienes que darme lecciones de nada.
- Patricia -exploté- no intento darte lecciones de nada -le contesté repitiendo sus palabras-. Me preocupa no tener nada de todo esto bajo control. No sé donde está mi hermana. Tengo a un chico amnésico al que apenas conozco durmiendo en la otra habitación. Encima se viene conmigo a París y no se encuentra bien. He venido a buscar tu ayuda, no a discutir. Y lo único que te pido es un poco de colaboración. Deja tu resentimiento de lado y ya arreglaremos cuentas en otro momento más adecuado.
- No hay nada que arreglar, ni ahora ni nunca Samuel. Y te estoy prestando toda la ayuda que puedo en estos momentos.
- Pat…
- No me llames más así. Soy Patricia…
No la dejé terminar de hablar. Me estaba sacando de quicio y a la vez me estaba volviendo loco. Solo se me ocurría una forma de hacerla callar y, a sabiendas de que me estaba ganando otra buena torta y quien sabe que más, la cogí por la cintura y la besé.
Lejos de apartarse y abofetearme, noté como empleaba su furia en abrazarme con una fuerza desmesurada y en devorarme la boca con una tremenda ansiedad. Sin saber muy bien cómo, fuimos a parar al diván que decoraba mi despacho y me servía para meditar. La ropa se fue escampando por el suelo a golpes de pasión y el sudor de nuestros cuerpos hidrató el cuero negro de nuestro improvisado lecho. Abrazos, besos, mordiscos, arañazos y un estallido final que se llevó los resentimientos y las preocupaciones, agraciándonos con la paz y el sosiego que suceden al esfuerzo. Aunque los dos sabíamos que aquello era un error, había sido estupendo, y sin duda merecía la pena. Permanecimos abrazados unos minutos antes de volver a la realidad.
- Sigo estando muy enfada contigo, que lo sepas -dijo ella en un intento de recuperar su seriedad.
- Ya -la vacilé-, pero te ha gustado- dije mientras la acariciaba.
No podía evitar sonreir. Justo en ese momento llamaron a la puerta del despacho. Por lo visto Enol ya se había despertado.
- ¿Samuel? ¿Patricia? ¿Se puede?
- ¡Un momento! -gritamos al unísono mientras nos levantábamos de un salto y recogíamos nuestras prendas de ropa esparcidas por todo.
Nos vestimos tan rápido como pudimos entre tropiezos, risas ahogadas y algún que otro empujón. Cuando consideré que estábamos presentables Patricia se sentó de nuevo en mi butaca y abrí la puerta. Enol entró despacio y nos miró algo abochornado.
- ¿Ya te encuentras mejor? -le pregunté para romper el silencio que se había hecho.
- Si, si. Creo que ya se me ha pasado- contestó mientras se acercaba también al escritorio.
Caminaba despacio y pensativo, como queriendo decir algo que no le salía. Se sentó, se miró las manos y finalmente preguntó.
- ¿Quien es Alejo?

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